miércoles, 25 de julio de 2007

Los bocados de un imperio

El macizo de Aiako Harria fue el eje de un amplio distrito minero diseñado y explotado por los romanos. En el paraje de Arditurri, en Oiartzun, realizaron auténticas hazañas de ingeniería hidraúlica

ANDER IZAGIRRE (www.anderiza.com)

El imperio romano construyó en el paraje de Arditurri (Oiartzun) una obra espectacular, pero durante muchísimo tiempo nadie supo ni siquiera que existía. Hasta una fecha tan reciente como 1983, los arqueólogos sólo contaban con unas monedas y unos fragmentos de cerámica hallados en esa zona. Lo demás flotaba entre el rumor y la leyenda: conocían el remoto informe que un ingeniero alemán llamado Thalacker, enviado de la Corona española, escribió allá por 1804, en el que describía con todo detalle un extenso entramado subterráneo (¿42 galerías y 82 pozos!) y en el que nombraba a Arditurri como una de las minas más importantes de toda la Hispania romana.

Y tenían otro informe de 1897, firmado por el ingeniero Gascue, en el que se confirmaban las apreciaciones de Thalacker, se estimaba entre 15 y 18 kilómetros la extensión de las galerías romanas y se calculaba que cuatrocientos hombres habían tenido que trabajar durante doscientos años para perforar semejantes minas. Sin embargo, esos textos tan exhaustivos fueron tachados de fantasiosos y olvidados. Pesaba mucho la teoría de que los romanos nunca habían colonizado el País Vasco, y a algunos historiadores la idea de que el imperio hubiera establecido una gran infraestructura en estas tierras les sonaba a puro disparate.

Redescubrir las huellas

En 1983, la arqueóloga Mertxe Urteaga empezó a investigar por los alrededores del coto minero de Arditurri, que entonces aún estaba explotado por la Real Compañía Asturiana de Minas. Y con la ayuda del espeleólogo Txomin Ugalde redescubrió las huellas de aquel imperio: registraron nueve galerías romanas, que fueron declaradas bienes de interés cultural por el Gobierno Vasco.

Por suerte para ellos la explotación minera cerró al año siguiente por falta de rentabilidad, y desde entonces se sucedió un goteo de descubrimientos arqueológicos: docenas de galerías, paredes abiertas a fuego, molinos de mano, mazas de piedra, picos de hierro, lámparas de cerámica, restos de comida En el año 2002 se sumaron al proyecto los espeleólogos de Felix Ugarte Kultur Taldea, expertos en la exploración subterránea, y en 2004 llegó el hallazgo más deslumbrante: una enorme galería de desagüe, mencionada en aquel informe medio legendario de Thalacker justo doscientos años antes.

En su primera visita al coto de Arditurri, aquel ingeniero se fijó en un manantial al que los vecinos tenían por muy saludable, y se encontró con que en realidad se trataba de un pozo por el que brotaban las aguas estancadas de 'la galería de los antiguos'. Así descubrió el cuniculus, el socavón de drenaje, un túnel de 400 metros de longitud que serpentea por debajo del río Arditurri para recoger las aguas que se filtran a las galerías, y conectado a la superficie por once pozos verticales (hoy se conservan siete) que permitían acceder al túnel para su mantenimiento. Gracias a esta hazaña de ingeniería hidráulica, los romanos pudieron explotar minas de galena argentífera muchos metros por debajo del nivel del río. Hoy en día el túnel sigue drenando agua perfectamente -gracias a él podemos visitar el subsuelo- y supone una prueba tecnológica irrebatible: demuestra que los romanos habían establecido en Arditurri una gran explotación minera, con una compleja es- tructura que funcionaba bajo administración imperial, y tan rentable como para explicar el auge de la ciudad de Oiasso y su activo puerto (en el actual Irun). Aquello, desde luego, no era la aldea de Astérix.

Aiako Harria

Mertxe Urteaga, que hoy es directora del centro de estudios Arkeolan y del Museo Oiasso (en Irun), nos lleva de visita por las galerías romanas. El punto de partida es el pequeño valle de Arditurri, un paraje modelado por las ruinas mineras, con un toque de colonia lunar: escombreras, cráteres, ruinas de barracones y grandes hornos Arditurri se encaja en el regazo de las Peñas de Aia, una imponente mole granítica que al formarse bajo tierra con presiones brutales y temperaturas muy altas transformó todas las rocas de los alrededores. Así se creó la aureola metamórfica, una gran masa de pizarras y esquistos que se extiende por todo el entorno del macizo (Oiartzun, Irun, Bera de Bidasoa, Lesaka) y que concentra en su interior los grandes filones de mineral que han determinado la historia de esta comarca (plata, hierro, zinc, plomo, cobre y espato flúor). Se explotaron desde al menos la Edad del Hierro; alcanzaron su esplendor con la minería romana de los siglos I y II (extraían galena argentífera, de la que luego obtenían plata); siguieron proporcionando hierro a las ferrerías durante toda la Edad Media; y permitieron las explotaciones de los siglos XIX y XX, que todavía sacaban hierro, plomo y cinc pero sobre todo se centraron en el espato de flúor. Estos trabajos modernos destruyeron la mayor parte de las galerías romanas, de manera que hoy quedan localizados tramos que sólo suman alrededor de tres kilómetros, aunque es cierto que falta mucho por excavar.

En una pequeña explanada se levanta el edificio del laboratorio minero, que pronto albergará el centro de interpretación de Arditurri, y en los alrededores se ve la galería que están acondicionando para los visitantes. El túnel se cuela por la misma entraña de un enorme filón oscuro, descarnado, que se observa perfectamente desde el exterior. El filón abarca hasta cinco o seis metros de ancho, se cuela bajo el suelo en diagonal y sigue esa trayectoria subterránea hasta pasar por debajo del arroyo Arditurri. Si imaginábamos unas galerías estrechas y claustrofóbicas, nos llevaremos una sorpresa: el paseo es relativamente amplio, porque esta montaña permite abrir túneles espaciosos y sin apuntalar. Para acceder al filón, las empresas modernas excavaban unas grandes cámaras y les bastaba con respetar algunos pilares maestros.

Desde el tramo acondicionado, los visitantes podrán asomarse a las salas y los lagos subterráneos que se ven más abajo. Por el momento no podrán seguir descendiendo, porque al resto del itinerario sólo se puede acceder acompañado por alguno de los arqueólogos, y bien pertrechado con casco, linterna, botas y ropa vieja. Primero hay que bajar por una estrecha rampa, más tarde tocará agacharse, reptar, subir a cuatro patas, chapotear por suelos embarrados y golpearse con las esquinas del techo cada dos por tres. «Ya te haces una idea de cómo es la arqueología minera: muy dura», explica Mertxe. «Tenemos que bajar con todo el material de trabajo, que es muy pesado, incluido un generador eléctrico; no hay ningún espacio llano o cómodo para trabajar, andamos medio encogidos, a oscuras, entre goteras ».

Pero también las satisfacciones son inmensas, porque las huellas antiguas abundan. Para empezar, el mero hecho de recorrer estas galerías se debe a una obra romana prodigiosa: estamos una quincena de metros bajo el nivel del río, las filtraciones de agua gotean desde los techos sin cesar y a pesar de todo los túneles no se inundan. Las aguas siguen fluyendo por el famoso cuniculus, la galería de drenaje que avanza cuesta abajo por las entrañas del monte. Podemos asomarnos a esa gran zanja, pero el lodo acumulado llega hasta la cintura y habría que vadearla agarrado a una cuerda. También consta que los romanos sacaron plata en niveles 25 o 50 metros más abajo que los que pisamos, en galerías que ahora están inundadas pero que en tiempos se mantuvieron secas gracias a norias, bombas de achique o tornillos de Arquímedes. Así lo indicaron algunos investigadores como el ingeniero de minas Benjamín Álvarez, quien afirmó haber encontrado restos de aquellas ruedas hidráulicas.

Urteaga espera el día en que aparezca alguna de esas máquinas. Y todo lo que queda por descubrir, porque a cada paso aparecen huellas milenarias. Cuando pisamos una gravilla muy fina, tamaño grano, la arqueóloga ve la mano romana: «No sacaban la piedra en bruto, primero la trataban en el interior de la mina. La trituraban con mazas hasta dejarla como grano fino. Así sólo tenían que sacar las mejores partes de la galena (plomo mezclado con más proporción de plata, que luego se extraía). Se llevaron lo mejor del filón. El trabajo de todas estas galerías, el apunte de las obras, es romano. Las empresas modernas ampliaron las excavaciones con explosivos, pero la base es romana».

Y señala pistas constantemente: huecos abiertos con el sistema romano de torrefacción (ennegrecidos por el fuego, de textura suave y regular, nada que ver con las esquinas violentas que deja la dinamita), bocas de galerías pequeñas y redondeadas, cegadas por los sedimentos de antiguas inundaciones y a la espera de catas arqueológicas En las galerías excavadas hasta el momento han hallado huecos en las paredes para dejar las lamparitas de aceite, cubetas para el lavado de minerales, herramientas y restos de comida (espinas de pescado, huesos de cerdo, huesos de melocotón, vajilla ), lo que indica que los mineros -asalariados o esclavos- hacían buena parte de la vida bajo tierra.

Minería del siglo XX

El recorrido subterráneo también permite contemplar los restos de la minería del siglo XX: tuberías para achicar el agua, una espectacular jaula-ascensor por la que bajaban los mineros y todos los elementos de un trenecito subterráneo (raíles, traviesas, agujas para el cambio de vía y los cargaderos de mineral). Al final del paseo trepamos a la superficie por un hoyo estrecho y desembocamos en un cráter que dejó la explotación moderna a cielo abierto. Los trabajos mineros han desfigurado tanto el paisaje que a Mertxe Urteaga le parece difícil cumplir otro de sus objetivos: encontrar los restos del poblado romano de Arditurri.

«Debieron de construir una infraestructura industrial y de población considerable en esta zona. Tendrían fundiciones para separar la plata del plomo y aquí trabajaría mucha gente, desde mineros hasta ingenieros, pasando por los que daban servicio a todos los trabajadores. Las minas las explotaba un propietario, que pagaba la mitad de los beneficios al Estado, y a cambio obtenía una serie de servicios centralizados, desde el mantenimiento del drenaje hasta un barbero público». El macizo de Aiako Harria constituía el eje de un distrito minero muy relevante, cuya capital era Oiasso, ciudad fronteriza, comunicada con dos calzadas principales y con uno de los puertos más activos de la fachada atlántica. Nos encontramos, sin dudas, en uno de los cogollitos del imperio. Y con muchas pruebas de su importancia aún bajo tierra.


Visitas: Desde Oiartzun, el Bidegorri de Arditurri permite subir a pie o en bici por el trazado del antiguo tren minero. Durante siete kilómetros pasa por las cercanías de un paseo botánico, molinos y torres medievales, un museo de geología y otro de música popular, bosques, praderas y riberas. En el paraje de Arditurri se está construyendo el Centro de Interpretación.

Una visita complementaria muy recomendable: el Museo Romano Oiasso (en Irún). Explica la presencia romana en la comarca y el descubrimiento reciente de la urbe de Oiasso, con su puerto, sus termas, su puente fronterizo y su relación con las minas de Arditurri. (c/Eskoleta, 1, Irún.


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